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Edy Martínez, la leyenda colombiana de la música latina

Por: Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

Autor: Afronautas/miércoles, 18 de mayo de 2016/Categorías: Notimúsica

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El hombre viste, de manera impecable, pantalón oscuro, camisa verde pálido y zapatos cafés. La delgadez del cuerpo en el punto justo. La estatura de niño. El cabello cano y desordenado, los pasos leves y la mirada doblegada por dos párpados que parecen caer como cortinas pesadas sobre unos ojos que miran, desde hace 74 años, siempre entrecerrados.

Se llama Edy Martínez y los que esta mañana de sábado están aquí, en un auditorio del Centro Cultural Comfandi, casi todos músicos en ciernes, están a la espera de que el hombre aparezca, al fin, sentado frente al piano Baldwin, arriba del escenario. Lo que está a punto de ocurrir es la charla magistral prometida como parte de la programación académica del Ajazzgo que culminó el fin de semana pasado. Edy Martínez, que hace solo un par de años regresó a Colombia —después de vivir 52 con su música entre Europa y Estados Unidos— es también el encargado de cerrar la versión número 14 de este festival, al que asiste por primera vez. Son poco más de las once de la mañana, el hombre toma el micrófono, estira el cable hacia su cuerpo y comienza por preguntarles a todos los que están entre el público a qué llaman música. Es algo que hace siempre, confesará luego. Algunos hablan del poder de comunicar con sonidos. Alguien más alzará la voz para expresar que se trata simplemente de un estado de ánimo, que varía entre felicidad y tristeza. Otros más buscarán palabras técnicas para sorprender al maestro. Al final, después de 37 respuestas distintas, Edy Martínez sonreirá delante de todos para decir que la música es más simple y más compleja de lo que parece: “Es el arte de combinar los tiempos y los sonidos, que son infinitos. Y eso es a la vez un misterio, y es a la vez un regalo”.

Él comenzó a sospecharlo desde que tenía apenas 8 años y ya castigaba con sus manos pequeñas la batería de la orquesta de su padre, Manuel Martínez Polit, en la Bogotá de los años 40. Desde que su mamá hacía girar sus discos de Mozart y de Beethoven y su padre los suyos con los acordes del saxofón maravilloso de John Coltraine. La sospecha se hizo certeza muchísimos años más tarde: Manuel Eduardo Martínez Bastidas, con tres premios Grammy, cuatro nominaciones más y 200 grabaciones, varias de ellas para la mítica Fania, sigue considerándose un aprendiz. “Es que todos los que nos dedicamos a esto nunca dejamos de ser discípulos de la música. El que crea que se las sabe todas ya, que ya todo lo creó, entonces que se dedique a crear otro sol con otros nueve planetas girando alrededor”.

Quien lo llamaba desde Cali se identificó como Carlos Ospina, le dijo que era el dueño de La Topa Tolondra, un espacio relativamente nuevo en la ciudad para el disfrute de la salsa. Calle Quinta con 13. Pleno centro. Que admiraba profundamente su música. Que conocía de sobra lo que había grabado con Barreto, con Mongo, con Palmieri, Tito y la Fania. Que coleccionaba como tesoros casi todos sus discos. “Tiene que venir, maestro”, le insistía. El trato era simple y cariñoso: Carlos no solo pagaría el traslado de Edy Martínez desde Pasto, la ciudad natal del músico, —la que lo recibió después de medio siglo haciendo sonar su piano fuera del país—, sino que el día acordado, allí en La Topa, él, junto a varios melómanos y coleccionistas caleños, harían sonar algunas de sus composiciones más brillantes en el jazz y la salsa.

La idea era que Edy contara, entre una y otra, cómo habían nacido, cuál era su historia. La cita se cumplió el pasado domingo 25 de agosto. Carlos le llama Vinilo Sessions. Inició sobre las cinco de la tarde y se prolongó hasta la media noche. Un centenar de personas, entre bailarines, músicos y melómanos, acudió al llamado. En medio de la música se proyectaron algunas imágenes: carátulas de discos memorables grabadas por Edy junto a Puente, Barbieri, Gilliespie, Palmieri, Harlow. Edy en los tiempos de Espectaculares JES y la voz de Julio Sánchez Vanegas. Edy nominado a los Grammy. Edy en su piano. Edy grande a pesar de que camina por la vida con escasos 1,58 de estatura. El maestro ahí, con su tono en voz baja, como si tuviera la costumbre de hablar en minúsculas, frente a un piano prestado por la orquesta caleña Clandeskina.

En algún momento de la noche se escuchó ‘Lejos de tí’, de Ángel Canales, y enseguida aquél corito pegajoso: “Puerto Rico, yo nunca dejaré de amarte”, cuyos arreglos, cómo no, fueron de Martínez. Sonó ‘Risque’, ese arreglo en tiempo de bolero que Edy hizo para el Conjunto Libre del genial Manny Oquendo. ‘Indestructible’, de Ray Barreto, que interpreta Tito Allen, el ‘elegante de la salsa’, esa voz que terminó en las filas del músico puertorriqueño por recomendación del mismísimo Edy. En La Topa se hizo girar también el disco ‘El baquiné de los angelitos negros’, álbum que Willie Colón creara junto al músico colombiano para una serie de televisión de Puerto Rico. Y se escuchó, claro, ‘Rareza en guajira’, el temazo que salió de las entrañas del jazz, si se escucha desde lo estrictamente armónico, pero que sin embargo no pierde la esencia de la Cuba campesina.

Edy, fiel a la promesa hecha al otro lado de la línea, contó ese domingo cómo fue que ese disco —uno de los más celebrados de su vasto repertorio— terminó incluido en uno de los ocho álbumes que grabó con Barreto. “Mira, Edy”, le dijo el percusionista un día de 1974, “me hacen falta como unos cinco minutos para completar el tiempo del disco. Tenés algo entre tus cositas, entre esas cosas que ensayas”. El tipo que aún se cree un discípulo en la música tenía algo a la medida: “Una secuencia armónica dividida en tres partes. Secuencia armónica, coro, secuencia armónica, coro, secuencia armónica, coro”. Barreto probó, Barreto aprobó. Pero, ¿a qué sonaba eso en realidad? Ninguno de los dos lo sabía con certeza. El hermano de Edy —Juan Martínez, el único colombiano que tocó junto a Tito Rodríguez—, enterado del dilema en ese estudio de grabación, sugirió bautizarlo ‘Rareza en guajira’. El resto, ya lo sabemos, es historia.

La noche en La Topa se cerró con la visita inesperada del sonero cubano Pedro Lugo, ‘El nene’, quien improvisó junto al maestro pastuso y su piano los boleros ‘Fiebre de tí’ y ‘Delirio’. “Lo que buscaba —confiesa ahora Carlos Ospina, el dueño de La Topa— era recordarles a las nuevas generaciones quién es Edy Martínez, cuál es su legado musical, que es muy grande”. No debería ser necesario recordar ‘a drede’ para no cometer el desatino de olvidar la historia de un creador de la estatura musical de Edy. No debería suceder. Pero pasa. Si bien otros músicos llegaron primero a Nueva York —digamos Nano Rodrigo, Arty Bastidas, Hernando Becerra, Al Escobar y René Grand— fue Edy quien se encargó de convertirse en leyenda. La oportunidad le llegó gracias a un músico boyacense, amigo de su padre, Hernando Becerra, que se encontraba de paso por Bogotá y era el integrante rebelde de una extensa familia de músicos. Enterado de las cualidades del joven Eduardo en la batería, le ofreció viajar a Miami, en mayo de 1960, para unirse a diferentes grupos como los de Chico Oréfiche y Pupi Campo. Dos años más tarde, y con algo de experiencia ocupando espacio en su maleta de aprendiz, Edy se marchó a Nueva Orleans, donde hizo música por dos años más. La siguiente escala fue Nueva York, la capital de todo. No siempre de todos. A los tres meses conoció a Barreto. Era el año 65 y Edy, en un parque, tocaba su piano en un evento dedicado al alcalde de turno, “el major Lindsey”. Ray Barretto andaba por ahí, caminó hasta el piano del colombiano y sin titubeos le preguntó su teléfono. Al día siguiente fue hasta el hotel donde Edy se hospedaba y con su voz delgada le ofreció puesto nada menos que como pianista, arreglista y director de su grupo La Moderna. Lo que siguió después fueron ocho álbumes. Algunos de culto, ‘Señor 007’, ‘El Ray criollo’, ‘Indestructible’ y ‘The other road’.

Después inició el capítulo Fania. Porque, ¿a quién si no es un a músico extraordinario puede entregarle Barreto el sonido de su orquesta? Al menos así lo creyeron Jarry Massuchi y Johnny Pacho, a quienes Edy conoció grabando en los estudios más respetados de la Gran Manzana y para quienes trabajó durante una década como arreglista. “¡Oye cómo suenan las estrellas de Fania!”, fue uno de los estribillos que cantan aún hoy los salseros. ¡La fama! Edy Martínez, pues, era ya un nombre de respeto. Y si uno lee eso ahora descubre que aquello tiene de hazaña: ¿lograrlo en plenos años 70, cuando se cocinaba lo más exquisito de la música latina? ¿Cuando las grandes disqueras tenían sus oídos puestos en los sonidos de las congas, las pachangas, la naciente salsa? ¿Lograrlo además con un sonido propio, diferenciable de todo lo que los otros tocaban? ¿Quién era acaso ese colombiano prodigioso? se preguntaban todos. Dizzy Gilliespie, Arsernio Rodríguez y Tito Puente fueron algunos de quienes quisieron saber más y lo tuvieron en sus orquestas. Pete ‘el Conde’ Rodríguez hizo lo propio. Lo mismo Joe Cuba, lo mismo la dulce Celia Cruz que, cada vez que visitaba Colombia, levantaba una bocina de teléfono cualquiera para llamar a los padres de Edy en Bogotá: “Mire, Eduardo está muy bien, esta que les habla es Celia Cruz”. Después se cruzaría en el camino Mongo Santamaría. Y esa cosa deliciosa que es ‘Sofrito’, de 1976. En medio de eso ocho álbumes que tienen su lugar especial en las casas de los coleccionistas y una gira por Europa que dejó a Edy a las puertas Festival de Jazz de Montreux, en Suiza. Año 71.

Fue allá donde conocería a Gato Barbieri, con quien grabó seis discos, entre ellos ‘Viva Emiliano Zapata Chapter 3’, ‘Live at Botton Liner in New York’ y ‘Euforia’. Muchos, aún hoy, aseguran que Edy participó del legendario ‘Last tango en París. Pero no. Junto al saxofonista de jazz argentino hizo la música de la película ‘El poder del fuego’, en la que actúa Sofía Loren, y después repitió en ‘Casada con la mafia’, protagonizada por Michel Pfeiffer. Es fácil rastrear ese momento de su vida: hay una escena en la que la bella rubia y Matthew Modine caminan por las calles de Nueva York hasta que entran a un club. Entonces suena la melodía adaptada por el maestro colombiano. “En esa escena me alcanzo a ver al lado izquierdo. Cuestión de segunditos”. Desde hacía mucho rato Edy había dejado de lado la batería para dedicarse enteramente al piano. “En un momento, intuí con preocupación de que no iba a tener tiempo para ser baterista (tal como me había iniciado en la música y había llegado a Estados Unidos) sino pianista. Muchos, incluso, se dieron cuenta de que era percusionista muchos años después”, cuenta el maestro.

No ensayaron mucho. Eso cuenta Jacobo Vélez, caleño, director de La Mambanegra. Él es uno de los músicos que hizo parte de la big banda creada por Edy Martínez para presentarse en Ajazzgo, el pasado domingo 14 de septiembre, en el Teatro al Aire Libre Los Cristales. El concierto comenzó después de las cinco de la tarde. Sobre la tarima, todos vestidos de blanco, el maestro y sus pupilos: cinco saxofones, cuatro trompetas, cuatro trombones, una batería, congas, bajo. Edy en su piano. A Cali había llegado para presentar su álbum ‘Midnigth Jazz Affair’ (Encuentro con el jazz a la media noche), originalmente grabada con músicos de la Orquesta Sinfónica de Nueva York hace un par de años. Diez composiciones catalogadas por la crítica especializada de Estados Unidos como futuristas para la cultura musical latina. Es que Edy Martínez, acostumbrado a moverse siempre entre la salsa y el jazz, hoy habla de otra música que lo ha obsesionado desde que era apenas un chico: la música clásica contemporánea. Entonces habla de Palestrina, un compositor italiano renacentista de música religiosa, a quien responsabiliza de haber hecho de la música, para bien, “un arte científico”. Era un gusto que compartía incluso con el propio Barreto. “Estábamos como cuarenta años adelantados en la música latina. Entendíamos la sonoridad africana, la sonoridad de Nueva York, pero nunca nos olvidábamos de la música clásica. Esa era la raíz. Ambos estábamos influenciados por ella y, sin decirlo abiertamente, cada uno buscaba a su manera aprender de la música a ese nivel. Fue con eso que enriquecemos la música latina”. Tal vez el maestro Edy no lo sepa: a su manera, con su piano, él supo inventar un nuevo mundo para la salsa, para el jazz latino. Un nuevo sol con nueve planetas girando a su alrededor.

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