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La inmortalidad de Luguito

Por Jaime Torres Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Autor: Afronautas/martes, 28 de junio de 2016/Categorías: Notimúsica

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Por Jaime Torres Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Quizás un experto en interpretación de los sueños afirmará que aún mi subconsciente se resiste a aceptar que Luguito ya no está entre nosotros.

Siempre se alberga –o al menos nos consuela- la esperanza de un reencuentro en el otro lado de la puerta de la eternidad por la que, tarde o temprano, usted y yo cruzaremos.

Sin embargo, se siente el vacío.

Una semana después del deceso de José M. Lugo parece que aún no despertamos de la pesadilla. Pero, si analizamos bien, musicalmente hablando, Luguito se inmortalizó.

Así lo comprendí días atrás durante un sueño.

La funeraria era enorme y lujosa; con pisos y paredes de mármol, y candelabros de oro. La entrada de la capilla donde estaba su féretro la custodiaban Willie Rosario y Bobby Valentín, con trajes oscuros, y una estatura y corpulencia más impresionante de lo normal.

Adentro la sala era literalmente un mundo. Había miles de personas sentadas en silencio; tres féretros arropados por la Monoestrellada y el principal, a pasos de un altar radiante, era el de Luguito.

Me acerqué y quedé sin aliento, pero con una impresión agradable y muy esperanzadora: Luguito parpadeaba y ocasionalmente parecía sonreír.

El sueño terminó cuando le hice la observación a la encargada de la funeraria y su respuesta fue, más o menos, que eran efectos de la autopsia…

Moraleja: se siente el vacío de Luguito, pero es indiscutible que, aunque grabó poco como líder, su legado iluminará nuestra música y será referencia indispensable para los que aspiren a forjar una carrera auténtica en la salsa.

Sus producciones a Cano Estremera, Gilbertito, Nore Feliciano, Zaperoko, Issac Delgado, Eddie Montalvo, Edwin Colón Zayas, Víctor Manuelle y Juan Pablo Díaz, entre otros, confirman su versatilidad y sapiencia musical.

La aportación musical de José Lugo en "Sono sonó Tite Curet" es memorable

Y si quedara duda, su contribución al especial “¡Sonó, sonó… Tite Curet!”, editado por el Banco Popular de Puerto Rico en 2011, es muestra indiscutible de su olfato y genialidad musical pues no muchos, como sastres, pueden arreglar y orquestar conforme al estilo y la personalidad musical de talentos como Truco & Zaperoko y su colaboración con Lalo Rodríguez en “Sobre una tumba humilde” y “Plena pa’l difunto”; Andy Montañez en “Esto es el guaguancó”; su Guasábara Combo con el reguetonero Tego Calderón en “Con los pobres estoy”; Trina Medina en “Lamento de Concepción”; Cheo Feliciano en “Barrunto” y el Apollo Sound de Roberto Roena con Jerry Medina en “De todas maneras rosas”.

Conocedor de la esquina y la identidad de cada intérprete, no extrañó escuchar el vibráfono de Raúl Rodríguez, evocando el sonido del Sexteto de Joe Cuba, en la versión orquestada con trombones de “Barrunto” o los ‘scats’ de Jerry en el clásico de Tite, popularizado por el Sonero Mayor, Ismael Rivera.

Clase aparte

Los cuatro álbumes que José Lugo alcanzó grabar como director son clase aparte. En 2003 pasó inadvertido el lanzamiento de “Piano con mata”, una de las joyas del jazz puertorriqueño de lo transcurrido del Siglo XXI.

Lugo dicta cátedra en el piano acústico, eléctrico, el órgano y el sintetizador a través de un concepto ‘non-stop’ que parece más un recital en que despliega su virtuosismo en las blancas y las negras como compositor, improvisador y acompañante, con un sentido armónico incomparable en la pianística latina posmoderna.

Escuchar “Bilongo” en hip-hop y como desencadena en un montuno irresistible que se acerca al rock con el solo de guitarra eléctrica de Jorge Laboy es un ejemplo de su genialidad.

“Piano con mata”, trabajo en que colaboraron Jochy Rodríguez, Jesús Caunedo, Edwin Colón Zayas, Bobby Valentín y otros extraordinarios músicos, confirma el compromiso de Lugo con la música puertorriqueña y sus posibilidades de renovación y enriquecimiento mediante su maridaje con el jazz en “Taíno”, “Seis indígena”, “Seis pa’ Chuito”, “Villancico”, “Lamento borincano” y otras en que demuestra su dominio de la bomba, la plena, el seis campesino, el hip-hop y el blues.

Cinco años después, Luguito sorprendió con “Guasábara”, realizado con su “big band”, acompañando a los mejores soneros del momento, conforme a su criterio: Cano Estremera, Issac Delgado, Víctor Manuelle, Gilberto Santa Rosa y Hermán Olivera, los últimos dos reclutados recientemente por Eddie Palmieri para su nuevo disco “Mi luz mayor”, realizado con orquesta grande con arreglos de Ray Santos y José Madera.

“Guasábara” es un referente obligado no solo por el aporte de los soneros, sino por la sapiencia de Lugo como arreglista y orquestador para una banda grande de 25 músicos. No solo es salsa caliente, sino que no falta jazz latino en la arrolladora interpretación de “Mambo Valentín”, dedicada a su mentor Bobby Valentín, con solos no aptos para cardiacos de Furito Ríos en el saxofón alto, de Frankie Pérez en el tenor; uno de ensueño de Jorge Laboy en la guitarra eléctrica y una descarga de congas, bongó y timbal de Tito de Gracia, Richie Bastar y Pablo Padín, respectivamente.

En “Guasábara” recayó la distinción de mejor disco producido en Puerto Rico en 2008, según la Fundación Nacional para la Cultura Popular. Y no sorprende cuando al saque escuchamos a Cano Estremera con su habitual picardía en “El muñeco”, en la que se escucha un solo de bordonúa de Edwin Colón Zayas.

En 2011, Luguito debutó con su Guasábara Combo y el cedé “Poetic Justice”, de una sonoridad original, ágil, dinámica, innovadora y atractiva para el bailador, con toques de plena, timba, fusiones afrocaribeñas y compases jazzísticos.

La picardía del disco con su “big band” dio paso a un repertorio que igualmente apela al sentimiento popular en composiciones como “Alguien que me quiera” (‘voy a prendar una vela, a ver si encuentro alguien que me quiera’), el son montuno “Parece que uno se va a morir” de Roberto Angleró y “Yo no pedí”, letra de Gino Meléndez que versa sobre el discrimen y los estereotipos raciales, lo que puso de manifiesto la sensibilidad social de Luguito.

La profundidad del concepto es evidente cuando encontramos en la secuencia la balada romántica “Se supone que yo”, otra excelente interpretación del cubano José ‘Pepito’ Gómez, y “Postum Mambo”, una composición de Luis R. Lugo que evoca “Para los rumberos” de Tito Puente en tributo precisamente al Rey del Timbal, con un aplastante solo de timbal de Pablo Padín y un solo de saxofón de Frankie Pérez.

A inicios de 2016, José Lugo y su Guasábara Combo dictaron pautas nuevamente con la producción ¿Dónde están?, otra muestra contundente de la autenticidad que desde su liderato caracteriza la salsa boricua de cara a la segunda década del Siglo XXI.

Luguito se deja sentir con su alarido de resistencia salsera, mediante una acuarela de ritmos de las Antillas, con la cadencia de Cuba, Santo Domingo y Borinquen. Fusión afrocaribeña, jazz latino, plena, merengue y hasta la cadencia del Brasil destila la secuencia de este cedé en que Lugo recuerda a Noro Morales, Mandy Vizoso y Cortijo. La fusión de ritmos que palpita en “La princesa” concluye con un toque de tumbadoras afinadas por Giovanni Hidalgo en el registro del requinto plenero que resulta espectacular.

“Pastilla de alegría” y “Me gustas tanto”, interpretadas por su hijo JoseMa y Luis Omar Sanabria, respectivamente, aportan la nota comercial a un disco que incluye un solo de piano eléctrico de Luis Perdomo en “Taíno” que evoca el de Gil López en “Canto abacuá” de Ray Barretto con Rubén Blades. La producción, además, presenta a Lalo Rodríguez en la primera voz de los coros.

Al pasar revista a la excelencia de la obra discográfica de Luguito se comprende el sueño: la luz de su legado continuará parpadeando como un faro que guía a una embarcación hacia puerto seguro.

La embarcación es Guasábara. Su herencia trascenderá y, espiritualmente, el genio musical de José M. Lugo orientará los pasos de Josema, Frankie Pérez, Jan Duclerc, Pablito Padín y los otros muchachos que comprendieron muy bien su compromiso con la autenticidad en el pentagrama afrocaribeño.

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