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El diccionario salsero

Por Laura Vásquez Roa para Playboy Colombia

Autor: Afronautas/jueves, 15 de noviembre de 2018/Categorías: Notimúsica

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Sí alguien le dice que quisiera estar cobando con usted, ¿se ofende o se siente feliz? Tal vez si se lo dice su puchungo o su puchunga sea una invitación muy bien recibida, de lo contrario la propuesta tal vez no sea tan atractiva.

El mundo salsero está lleno de términos que repetimos hasta el cansancio como loros, muchas veces sin saber qué estamos diciendo o a qué santo estamos invocando. Un grupo de cinco salseros se dio a la tarea de recoger esos términos y de hacer un diccionario. Así nació el Diccionario Salsero. Seguramente será el volumen I, porque, aunque tenga 159 entradas, la tarea no termina ahí.

El colectivo Salsa Sin Miseria lo componen cinco personas: dos caleños (Stephanía López, publicista y Cristhian Rodríguez, diseñador gráfico), dos palmireños (Sergio Valdés, community manager y Junior Pantoja, literato) y una bogotana (Juliana Velasco, abogada). Todo comenzó porque la rumba y las redes sociales los unieron. Coincidieron en el tema salsero, y al ver que Cali tenía esa historia –pero que en la actualidad no era común que los jóvenes salieran a bailar “pura salsa”–, quisieron recuperar ese conocimiento antes de que se perdiera.

Con la preocupación por rescatar esa identidad salsera decidieron armar una página en Facebook donde compartían datos curiosos, canciones, historias de esos salseros anónimos, todo para recuperar el conocimiento callejero y musical. Como esta propuesta nació en Cali la llamaron así, “Salsa sin miseria”. Sin miseria es un término de barrio, muy común en el Valle, que sirve para referirse a algo en lo que no se escatima. “Si te dicen, ‘¿Vamos a bailar?’, te responden: ‘Listo. Camine. Sin miseria’ , dice Stephanía. Pero la verdad es que antes de encontrar este grupo salsero ella solo encontraba en su papá una buena pareja de baile, porque sus amigos no bailaban salsa. “No tenía ni un amigo salsero para salir a bailar”, dice.

En las redes de Salsa Sin Miseria, el grupo empezó a definir esas palabras que todos escuchamos en las canciones sin saber qué significan, como guateque o bembé. Llegó un punto en el que tenían más de cien palabras escogidas, por eso tomaron la decisión de hacer un libro. Junior, el literato del grupo, lideró el proceso, pero entre todos se dieron a la tarea de investigar los significados. Había términos muy complicados de definir porque nadie sabía su origen, y la mayor explicación se limitaba a que eran producto de la rumba. Incluso entrevistando a algunos saleros se encontraban con esa respuesta. En casos como ese, decidieron darle un significado teniendo en cuenta la canción y la letra donde aparecía la palabra.

La creación del Diccionario fue un trabajo autofinanciado, con mucho susto de quedarse con todas las copias guardadas debajo de la cama. La primera tanda que sacaron no duró ni quince días, para sorpresa de todos. Lo han presentado en Cali, Bogotá y Medellín. Esta pequeña gira nacional ha demostrado que gente de todas las edades ama la salsa y que, curiosamente, muchos de los compradores son jóvenes.

La propuesta gráfica es un aspecto clave tanto en el Diccionario como en los demás contenidos que produce el colectivo. Querían ir más allá de la ya desgastada imagen de la bandera de Puerto Rico con unas congas en fondo azul. Por eso rediseñaron portadas de discos, crearon homenajes gráficos a los artistas, intervinieron fotos y las combinaron con los términos escogidos. Sin embargo, aún quedan más por definir, por eso se piensa en el segundo volumen del libro.

Hacer el Diccionario trajo varios retos. Por un lado, no siempre existía una base para crear la definición o se encontraban ante temas con opiniones diversas, como la definición de guagancó, boogaloo, salsa rosa. ¿Eran ritmos o géneros? “Los músicos y los bailadores tenían opiniones diferentes. Tuvimos que tomar decisiones. El más difícil de todos fue el de guaguancó. Al principio pusimos que era un género, pero al consultar con académicos de la salsa decidimos ponerlo como un ritmo. Parece una bobada, pero marca una diferencia enorme”, cuenta Stephanía.

Otro reto estuvo en la experticia de algunos melómanos, sobre todo personas mayores que ven con cierto recelo a este grupo más joven. Algunos critican la idea de “comercializar la salsa” o no comparten la información que atesoran. “Antes nosotros lo que queremos es que nos cuenten, para que ese conocimiento no muera con ellos. Varios melómanos consumados, extraterrestres de la salsa, nos dicen que el diccionario está malo, que por qué dijimos esto o lo otro. El diccionario no es enciclopédico, no es una vaina académica, es totalmente fresco, suelto y en un lenguaje más actual”, explica ella.

Pero escoger los términos también supuso alegría. Fue un descubrimiento y redescubrimiento, paso a paso, de palabras amadas por muchos años. Entre los términos favoritos de Stephanía, por ejemplo, está cobar, “que es cuando vos bailás salsa romántica y abrazás a tu pareja súper apretadito, amacizado, eso es cobar. Es un término que se usa solo en el Valle y me parece muy romántico”. Otras palabras como moriviví, se refiere a una planta, pero también significa que se está en un momento muy malo y luego se renace. Luego está ñangó, una de las palabras difíciles de describir porque no tenía significado, pero que es el título de una de sus canciones favoritas, de la Orquesta Bronco. “Llegamos hasta el hijo de Jhonny Bronco y nos dijo que eso significaba ‘hijo de esclavos africanos’, como decía la canción y así le pusimos. Para terminar la tarea hicieron una playlist, porque cada una de las entradas del diccionario están relacionadas con una canción donde aparece.

¿Quién mató la salsa?

La salsa es rica, variada y está en constante evolución. Por eso mismo en el grupo pelean cuando oyen eso de que la salsa sigue viva, porque no saben en qué momento la mataron. “La salsa está, la viví desde pequeña en mi casa y cuando llegué a Bogotá me encontré una ciudad súper salsera. La salsa sigue, hay muchas propuestas musicales actuales”, afirma Stephanía. La salsa no es algo del pasado. Tal vez se repitió tanto que su apogeo ocurrió durante los años setenta, que se cree que ahora hay otra cosa.

Para esta salsera es un asunto de evolución. “Dicen que los de ahora quieren imitar a los del pasado, pero eso es culpa incluso de los coleccionistas y melómanos que son tan puristas en decir que nunca nadie va a tocar como Richie Ray. ¡Pues obvio!, porque Richie Ray es él, pero hay que darle la oportunidad a las propuestas de orquestas como Manteca Blue, Clandeskina y hasta nuevos sonidos como los de la Mambanegra”, aclara. “Comparar a Mark Dimon con un pelado de ahora es complicado. Es la evolución”. Aquí el mejor ejemplo es el de la salsa choke, que, como dice ella, “habla de un tema social, habla de la comuna, del barrio, de que me endeudé para hacerme la lipo, de lo que se vive en ese momento. Así como Rubén Blades habló de los problemas de su época con canciones como Pedro Navaja y en general en su discografía, así mismo esos temas se actualizan y los tenemos que entender. En el Pacífico ese sonido urbano se mezcla con la salsa. Eso me parece encantador, pero mucha gente lo critica”, comenta ella.

Aunque nació en Cali, Salsa Sin Miseria y el Diccionario Salsero son proyectos que hablan de la salsa desde muchos puntos, no se limitan a una ciudad o a una región. Esto es más un proceso de reconstrucción histórica, con todo y que no sea académico. Es parte de la reivindicación de esa historia de la salsa de una ciudad se hizo famosa gracias a la música. Como dice Stephanía, “no es para pedirle a la gente que se vaya a bailar a Juanchito todos los días, pero sí que conozca y se apropie de esto. Ahora que estamos en otras partes la idea es que no se hable solo de Cali, sino de la salsa como ritmo universal”.

Pero volvamos. Si uno se pone a pensar en una orquesta caleña grande de los setenta u ochenta, verá que son muy pocas. Piper Pimienta era de Puerto Tejada, Jairo Varela del Chocó. Algo realmente caleño no existía, pero Cali fue clave en el desarrollo del movimiento. Se convirtió en una ciudad de paso entre el Pacífico y el interior del país para mover la música, y de paso se apropió de la salsa a través del baile.

Sin embargo, es claro que Cali ha sabido vivir del cuento y ahora lo ha incorporado como un producto más de la oferta turística de la ciudad. Por eso en hostales, agencias de viaje y bares de salsa se ofrecen clases de baile para los visitantes de la Sucursal del Cielo. El interés por la salsa es mundial.

En este momento les escriben desde muchos lugares, como una señal que reafirma que la salsa está en todas partes y en su amplitud acoge a muchos. Ellos lo tienen claro. “Nuestro discurso va por ahí, sin ser despectivos con la “salsa de alcoba”, por ejemplo. Nosotros decimos que aquí cabemos todos, que esa fue parte de la evolución de la salsa, una época donde se hablaba del romance y se buscaba que fuera más rentable también la música. Es complicado que todo el mundo lo entienda, pero siempre decimos que hay espacio para todos. Todos cabemos en el universo salsero”. Por eso Stephanía termina con una frase que nos habla de lo dinámico de este movimiento: “La salsa está presente en todas partes y está más viva que nunca”.

El diccionario salsero puede adquirirse en nuestra Tienda Latina en la Carrera 43D número 10-77, Medellín

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Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de octubre-noviembre de 2018
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