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Lalo Rodríguez y la historia desconocida del disco más extraño de la Salsa

Por Ossiel Villada, Jefe de Redacción Online El País

Autor: Afronautas/jueves, 19 de septiembre de 2019/Categorías: Notimúsica

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17 años. La historia cuenta que los creadores del Grammy tardaron 17 años en admitir que los latinos también eran capaces de hacer buena música. Aunque el premio se otorgaba desde 1959, solo en 1976, y movidos más por interés económico que por convicción humanista, decidieron darles un reconocimiento.

Pero fue, literal, solo uno: el Premio Grammy a la Mejor Grabación Latina. Y se acordó que el mismo no sería entregado en la gran ceremonia oficial, sino en otra, menos pomposa.

Aunque Carlos Gardel era ya un mito con 40 años de gloria celestial; y José Alfredo Jiménez ya se había despedido de este mundo con el título de Rey indestronable; aunque hacía ya 30 años Mario Bauzá le había develado a Dizzy Gillespie las claves del Jazz Afrocubano; y la ‘Garota’ de Tom y Vinicius ya le había disputado a The Beatles la atención del mundo; aunque Tito Puente había cocinado ya todo el mambo necesario para embrujar a Bill Clinton; y Rafael Hernández ya había internacionalizado el dolor de su ‘Lamento Borincano’; y aunque Arsenio Rodríguez ya había gritado “Hay fuego en el 23 de la 110”, la música de origen hispanoamericano, y sobretodo la que había brotado de las negras raíces africanas, no existía para el gran público estadounidense.

Así las cosas, aquello no fue una sorpresa para nadie. Después de todo, los latinos siempre habían estado relegados, olvidados, marginados, humillados por la sistemática discriminación de una sociedad en la que discriminar era casi tan natural como respirar.

17 años. La historia cuenta que dentro del grupo de curtidos guerreros que conquistó aquel primer Grammy para las tierras del Sur había un jovencito de tan solo 17 años. Alto, flaco, callado, quizá demasiado tímido para su edad y para la movida del ‘business show’ americano.

Pero nada de eso importaba. Cualquiera fuera la idea que alguien pudiera haberse hecho previamente sobre él, la misma desaparecía por completo al escucharlo cantar.

Sus padres, doña Margarita y don José, lo habían bautizado con el nombre de Ubaldo al nacer, allá por 1958, pero todos los amigos en su Puerto Rico natal lo conocían mejor como ‘Lolo’.

Ubaldo, rebautizado después en el mundo de la Salsa como ‘Lalo’ Rodríguez, es quien ahora, con 61 años, me cuenta los detalles desconocidos de esta historia contada ya tantas veces.

Al otro lado de la línea, desde su casa en Orlando, Florida, se le percibe feliz. Lo esperan en Cali para un concierto especial. Carlos Ospina, un empresario de pasiones quijotescas, le ha pedido que reviva la música legendaria de aquel primer Grammy latino.

Lalo Rodríguez, salsero

Lalo Rodríguez volvió a figurar como gran leyenda de la música en los años 80, gracias a su súper éxito ‘Ven, devórame otra vez’, un ícono de la salsa erótica.

Dos canciones y dos meses. La historia cuenta que al maestro Eddie Palmieri le bastó con escuchar en solo dos canciones a Lalo Rodríguez para saber que había encontrado una voz especial.

Ocurrió durante un baile en el verano del 73 en Puerto Rico. Lalo era el vocalista de 'Tempo moderno', una orquesta juvenil a la que le habían encomendado la tarea de acompañar al maestro Justo Betancourt. Y fue este quien los presentó en la barra de aquel lugar.

"Nosotros habíamos montado para el show 'Sabroso Guaguancó' y 'Tumbao con swing', dos temas clásicos de cuando Palmieri estaba pegado con La Perfecta. Y yo le pedí que me escuchara y me dijera cómo le parecía, por si alguna vez podía llegar a darme una mano. Al final, él me dio su aprobación, me dijo que tenía mucho talento. Y se despidió sin promesas".

Pero solo cuando el sello Fania le arrebató al cantante de su orquesta, el sonero Ismael Quintana, decidió volver a Puerto Rico para buscarlo y hacerle una prueba.

La audición se cumplió una tarde de marzo del 74. Después de hacerle interpretar varias piezas frente a don René Hernández, ex director de la orquesta de Tito Rodríguez, un Palmieri feliz, pero parco y preciso, le dijo: “No cantes más, estás en mi orquesta”. Y desapareció.

“Dos meses después, en mayo, cuando yo pensaba que ya se había olvidado de mí, entró una llamada a mi casa y era Palmieri desde Nueva York diciéndome: ‘Óyeme muchachito, te vienes mañana para acá, empezamos a grabar’. Tres días después, y con apenas 16 años, yo estaba allá con mi papá”.

Dos ensayos. La historia cuenta que el Grammy del 76 fue otorgado al pianista y director de orquesta Eddie Palmieri, eterno rebelde de la Salsa, por su obra ‘The Sun of Latin Music’. Pero la historia no cuenta que el cantante de la banda tuvo solo dos ensayos para prepararlo.

Ese trabajo, grabado en 1974 en ‘Electric Lady Studios’, de propiedad del legendario Jimi Hendrix, fue catalogado como el más revolucionario de su género, y se le considera hoy como un disco de culto.

'The Sun of Latin Music' contiene solo seis cortes, entre ellos una cumbia salseada dedicada a Colombia. Aunque en los créditos finales la autoría de este tema es atribuida a Palmieri, Lalo fue quien escribió la letra, por pedido de su jefe. Y, como sabía muy poco de Colombia, debió investigar rápidamente en libros y buscar un mapa para conocer los nombres de las poblaciones de la costa Norte. Así salió la letra.

También llama la atención el corte 'Deseo salvaje', un bolero de la inspiración del propio Lalo. Basta escucharlo para entender que, además del alboroto hormonal propio de los 16 años, aquel adolescente ya tenía un enorme dominio, al menos en el plano teórico, de las ansiedades derivadas del amor.

Pero, ante todo, en ese disco aparece la más extraña grabación de toda la historia de la Salsa: el tema ‘Un día bonito’.

Nadie había hecho antes algo así: tres elementos diferentes fusionados en una pieza de 14 minutos y 46 segundos de duración. Una misteriosa obertura de casi siete minutos de solo piano abre la puerta a una auténtica comparsa cubana y esta luego introduce un trepidante arreglo salsero, en el que la voz de Lalo Rodríguez se funde hasta el climax con un complejo entramado de armonías desafiantes.

“¿Sabes qué es lo más sorprendente? Que la gente piensa que yo me preparé mucho para ese disco y no fue así. No pude. Yo no sabía qué canciones iban, me enteré cuando llegué a Nueva York. Palmieri me pasó las letras, me cantó la melodía y yo las grabé en una grabadora vieja para aprendérmelas. Luego hicimos dos ensayos con la orquesta, martes y jueves, y al lunes siguiente ya estábamos en el estudio grabando. Y yo no sé cómo pude salir bien de eso, porque apenas había cumplido 16 y no tenía ninguna experiencia. Pero no hubo ni un solo tropiezo en la grabación. Yo nunca tuve miedo, pero hoy, cuando intento descifrar lo que pasó, mi única explicación es que fui llevado de la mano por un ángel. Dios estuvo conmigo”.

Como si todo lo que le estaba ocurriendo fuera poco, el jovencito Lalo vivió durante aquellos días de grabación una experiencia envidiable para cualquier otro cantante de su generación y de las que vinieron después.

"Uno de esos días, el productor del disco, Harvey Averne, nos invitó a papá y a mí a su oficina. Y cuando entramos, allí estaba sentado nada menos que el gran Ismael Rivera. Él conversó con papá un rato y le prometió que iba a cuidar de mí en Nueva York, que se podía devolver tranquilo a Puerto Rico. Días después, cuando yo le iba a poner la voz al tema ‘Nada de ti’, me llevé la sorpresa de que Ismael entró al estudio y me dijo: ‘Me voy a quedar aquí contigo para apoyarte en lo que necesites. Pero no me preguntes nada sobre qué debes hacer, porque no voy a responderte. Solo, si noto algo en que puedas mejorar, te lo voy a decir'. Y me llevó comida. Y café. Y allí se quedó hasta que terminé".

Una mentira. La historia, narrada por el escritor venezolano César Miguel Rondón, cuenta lo que Lalo Rodríguez considera una mentira.

Según consignó Rondón en su obra ‘El libro de la Salsa’, durante la grabación de ‘Un día bonito’ “el debutante y adolescente Lalo Rodríguez fue forzado a un registro altísimo para la parte del son”.

Pero lo cierto es que no hubo nunca un plan de Palmieri que lo forzara a cantar en ese tono. De hecho, fue el mismo Lalo quien se lo propuso y llevó su voz hasta las altas cumbres que se notan en la grabación.

“Ese tema no lo iba a cantar yo. Era para Jimmy Sabater y Willie Torres. Pero en el estudio a Palmieri no le gustó ninguna de las combinaciones que hizo con las voces de nosotros tres. Sentía que se escuchaba monótono y que la música era demasiado agresiva para las líneas melódicas. Y entonces, ya después de muchas horas de ensayos que no le gustaron, él me llevó hacia el piano y me dijo: ‘Mira, nene, este es el tema del disco. ¿Tú que harías diferente para salvarlo? Yo de inmediato lo que hice fue cantarle la misma melodía, pero en un tono mucho más alto. Se la canté más arriba, porque así es como yo la sentía, con un ímpetu que estaba más a la par con la agresividad de todo el arreglo instrumental. Y cuando hice eso, él brincó del piano y me pidió grabar en ese mismo tono las dos estrofas. Después, ya como a las 8 de la mañana, paró la grabación y me dijo: ‘Ya no cantes más, mañana hacemos los soneos, me salvaste el número’. Y me abrazó”.

¿Por qué es importante esa claridad para los estudiosos de la Salsa? Porque Lalo Rodríguez, después de aquel disco extraordinario con Palmieri, llegó casi a la categoría de leyenda; el hombre con la voz más pura y transparente de la Salsa, capaz de alcanzar registros imposibles para otros.

Y saber que fue él mismo quien fijó el tono para aquella canción legendaria, y no fue forzado a ir hasta el límite de su capacidad, le pone un marco preciso a la apreciación de su talento natural.

En realidad, como quedaría claro unos meses después, el jovencito que descubrió Palmieri tenía mucho más por explotar en su garganta. Seis rivales y un derrotado. ‘The Sun of Latin Music’ compitió por el Grammy con otros seis grandes discos históricos. Fueron ellos: ‘The Good, the Bad and the Ugly’, del trombonista Willie Colón; ‘Barreto’, del conguero Ray Barreto; ‘Afro-Indio’, del percusionista Mongo Santamaría; ‘Fania Live at Yankee Stadium’, de Fania All Stars; ‘Paunetto’s Point’, del vibrafonista Bobby Paunetto, y ‘¿Quieres ser mi amante?’, del baladista español Camilo Sesto.

Así las cosas, el gran derrotado en la lucha por el primer Grammy latino fue Fania, el poderoso sello de Jerry Masucci que agrupaba a todas las estrellas de la Salsa en Nueva York, y que a la postre marcó el devenir histórico del género.

Pero, contra todos los pronósticos, Goliath fue vencido por un David que se caracterizó siempre por la 'oveja negra' de la familia, el hombre que nunca escribió dentro del renglón.

"Palmieri sabía que en ese disco se estaba jugando la vida, su carrera, y él dio el todo por el todo. Y por eso hizo una selección de músicos que mejor no pudo haber sido. Tenía a Víctor Paz en la primera trompeta, a Barry Rogers en el primer trombón, a José Rodríguez en el segundo, a Mario Rivera en el barítono, a Eddie 'Guagua' Rivera en el bajo, a Nicky Marrero en el timbal. Y en los coros ni hablar: Jimmy Sabater, al que yo le decía 'papá', y Willie Torres, que eran dos cantantes profesionales con un gran reconocimiento del público. Era una banda excepcional".

El de Palmieri, lo saben bien los salseros estudiosos, ha sido desde la semilla un sonido único, irrepetible, profundo, explosivo, complejo, adelantado a su tiempo.

Su música se alejó siempre de los artilugios baratos y las concesiones comerciales. Aún en sus primeros discos con La Perfecta, cada solo de piano evidencia la necesidad de construir un 'tumbao' diferente, algo que llevara al bailador por un terreno desconocido.

A diferencia de lo que puede escucharse en la mayoría de las grabaciones clásicas del sello Fania, el arte palmeriano intentó siempre ir más allá de la repetición de fórmulas preconcebidas.

Palmieri puede sonar deliciosamente cadencioso, incomprensiblemente etéreo, arrebatadamente alegre, hermosamente melancólico, elegantemente clásico o extrañamente vanguardista, pero nunca igual.

Su decisión de vivir y construir lejos de la manada lo privó de la fama y el reconocimiento momentáneo del público que tuvieron otros. Pero le aseguró un lugar en la historia que ninguno otro de su generación pudo alcanzar.

Pararse, con solo 16 años, al lado de un hombre de semejante estatura, no implicaba algo distinto que hacer silencio. Y Lalo lo entendió desde el primer momento.

"Yo todo lo miré y todo lo escuché, pero mientras menos hablé, mejor fue. Porque observé y aprendí. Palmieri era perfeccionista, súper exigente y disciplinado. Con él tenías que hacer las cosas como eran debidas. Tenías que darlo todo, o sino, no podías estar a su lado. Pero, al mismo tiempo, él les daba libertad a sus músicos, él confiaba en sus soldados, les permitía que desarrollaran dentro de la grabación lo mejor de su talento; es un hombre libre que cree en la libertad".​

Una intriga. La historia cuenta que la aventura del adolescente Lalo Rodríguez con la orquesta de Eddie Palmieri fue fantástica, pero corta, y concluyó con una novela llena de intriga.

Un año después de la grabación de 'The Sun of Latin Music', en 1975, Palmieri ya avanzaba en la producción de su segundo disco con Lalo. El Grammy le había dado el músculo y la ambición para conformar una orquesta mucho más grande y potente.

La obra incluiría tres nuevos temas en la voz de Lalo: 'Kinkamanché', 'Oye lo que te conviene' y 'Un puesto vacante'. La pista de este último estaba grabada desde mucho antes, pues se había previsto que hiciera parte de 'The Sun of Latin Music'.

Palmieri había escrito la letra para recibir nuevamente en su orquesta al timbalero, Manny Oquendo, con quien pretendió reunirse nuevamente para esa grabación, pero quedó por fuera al no poder concretarse finalmente aquel reencuentro.

El disco iba a todo vapor. Palmieri había decidido que se llamaría 'Kikamanché', término de lengua Yoruba que traduce 'La bendición'. Su carátula, ilustrada con fotografías de un ritual africano realizado con cocos, estaba lista.

Pero el proyecto quedó a medias por una diferencia económica con la casa disquera Coco Records. Y el productor Harvey Averne, dispuesto a no perder un dólar, se jugó entonces una carta marcada.

"Un día me llamó y me preguntó si podía ir al estudio para hacer unas pruebitas con las pistas de los tres temas que dejó Palmieri, que me iba a pagar un dinerito extra. Pero yo llamé a Eddie y le dije: 'Me huele a que el productor lo que quiere es que, sin la aprobación tuya, yo le ponga la voz a esos temas, para sacar el disco. ¿Qué hago?"

Contrario a lo que podría creerse, Palmieri le recomendó a Lalo ir y ganarse el dinero. Pero le advirtió: "Cántale lo que él quiere, pero no lo des todo, para que no saquen ese disco mientras no se resuelva el pleito".

"Yo fui al estudió y canté, pero no lo hice con la intención de que fuera un trabajo completo y final. Y todo el tiempo pensé en que aquello no se iba a sacar. Con tan mala suerte que él cogió eso, lo juntó con otros temas instrumentales que Palmieri había dejado, y sacó el disco".

Fue así como Coco Récords lanzó al mercado ‘Unfinished masterpiece’, un disco de solo seis cortes que, en 1977, les dio a Eddie Palmieri y Lalo Rodríguez su segundo Grammy en línea. Pero esta vez, ninguno de los músicos fue a recibir el premio.

Hoy, a los 61, Lalo sostiene que más que satisfacciones, ese trabajo inconcluso le dejó un enorme trauma.

"Yo había hecho ya un disco muy lindo y este no salió bien, eso no estaba aún para el público, eso no era lo que se iba a cantar, ni lo que se iba a tocar. A Palmieri no le gustó y creía que debía quedar de otra forma. Sí, metí unos registros altos ahí, pero yo pude cantar mejor esos tres temas. La limpieza vocal que se podía hacer no estaba, yo pude haber mejorado los fraseos, pero para mí era un ensayo. ¿Usted se imagina si todo hubiera fluido como Eddie quería? Verdaderamente eso iba a a ser una obra maestra".

Sin embargo, cualquier espectador desprevenido que lo escuche y lo compare puede notar fácilmente que en este disco la voz de Lalo Rodríguez alcanzó registros más altos y quizá más complejos que los que tuvo en 'The Sun of Latin Music', mientras que la banda suena poderosa, afincada y sabrosa.

Quizá por eso, y por la oscura historia de su creación, ese trabajo que pasó a la historia como un hijo ilegítimo y fue rechazado por sus padres, tiene tanto valor para los amantes de la Salsa como 'The Sun of Latin Music'.

¿Y al final?

La historia, a fuerza de ser repetida sin detalles y sin contexto, ha creado una interpretación incompleta, y por esa misma razón errada, sobre lo que significó para Palmieri y Lalo que sus caminos se cruzaran un día.

Esa versión simplista sitúa al primero solo como el gran mentor que aportó toda su sabiduría para que un muchacho -- que tuvo la suerte de estar en en lugar correcto a la hora correcta-- surgiera en el mundo de la música latina.

Pero es más que eso. Eddie Palmieri necesitaba tanto de Lalo Rodríguez, como este de aquel. Basta escuchar la obra previa a 'The Sun of Latin Music' para entenderlo.

La voz de aquel adolescente, más conectada con el vuelo de los pájaros que con el estropicio del barrio latino, era indispensable para que Palmieri desarrollara las ideas que tenía en la cabeza. De nada servían cuatro trompetas llevadas a su registro más alto, si no existía una voz capaz de crear una unidad armoniosa para volar con ellas en la misma formación hacia las nubes.

Y sin la presencia de Palmieri, quizá Lalo habría alcanzado también el éxito mundial que logró años después al cantar 'Ven, devórame otra vez'. Pero no tendría el respeto y el reconocimiento que hoy lo trae de nuevo a Cali para cantar los temas del Grammy del 76.

Después de todo, el escritor brasileño Ruy Castro tiene razón: la vida es un viejo disco, con un Lado A y Lado B que suenan diferente pero se complementan.

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