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Quiebra-Canto, un símbolo de la noche y de la rumba salsera

Tras meses de miradas rayadas, insultos y amague de pelea, Negro y Chano se convirtieron en amigos

Autor: Afronautas/sábado, 23 de noviembre de 2019/Categorías: Notimúsica

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Por: Rodrigo Monroy Walteros

En el camino se fueron uniendo poco a poco otros amigos, hasta conformar lo que a Leo Cruz le gustaba llamar “los muchachos”, Memo Franco, Leo Cruz, el Negro Gil, Chano Monroy, Joseto Arias y Humberto Loboguerrero. Nico de Greiff, un vecino, los denominó ‘El cartel de La Soledad’, pues todos vivían en ese barrio de Bogotá. Los unían tres cosas: el sentido del humor, la música y la rumba. Esa pasión por los sonidos, las notas, los ritmos, el bullicio, el desorden, el exceso y el afán los llevó a ser parte importante de la rumba en Bogotá.

Empezaron con el heavy metal y el hard rock. Casi todos tenían la colección de discos de bandas como Black Sabbath, Deep Purple, Led Zeppelin, Van Halen, Aerosmith, Kiss, etc. Al pasar de los años fueron conociendo los sonidos del rock sicodélico de Pink Floyd, The Doors y de los Rolling Stones. El negro y Chano recordaban el día que fueron al Teatro Palermo a ver la película Gimme Shelter, un concierto del año 69 con los Rolling Stones en Altamont Speedway Free Festival, en Altamont, norte de California.

“Cuando apagaron las luces, se empezaron a ver los puntos rojos del cigarro prendido y a sentir el olor peculiar de la cannabis. No sé cómo a la Policía se le ocurrió meter diez perros en el teatro, y a los cinco minutos ni los perros ni nosotros sabíamos dónde estábamos. Los pobres pastores alemanes quedaron botados en el suelo con la lengua afuera tratando de evitar el humo que no dejaba ver ni la pantalla. La película terminó en pelea con los policías”, recordaba riendo el negro.

El pleistoceno

A fines de 1979, el espectro musical de los amigos se amplió. David Lozano, compañero de Chano de la Universidad Nacional, le comentó que en el barrio Las Aguas, por el lado de la estatua de La Pola, Julián Serna y Álvaro Manosalva, dos compañeros de la facultad de arquitectura, habían abierto un bar pequeño con ambiente universitario en donde ponían música salsa y vendían cerveza barata.

El sitio se llamaba Quiebra-Canto y se había inaugurado en octubre de ese año. Chano les contó a sus amigos de La Soledad y fueron a visitarlo un viernes por la noche. El local era pequeño, tenía seis mesas, techo a dos aguas con las cerchas, correas y esterilla a la vista, pisos de cerámica colonial bien cuidados, paredes blancas de pañete rústico, que le daban un aire de casita de campo.

El ambiente era de camaradería, como si los clientes fueran viejos amigos: todos bailaban y charlaban entre sí. Para el grupo, la música del Quiebra era del todo desconocida y se sintieron fuera de su círculo natural, pues para ellos su referencia era la voz de Robert Plant al cantar Escalinata al cielo. En el tornamesa, Pedro, un hombre joven, flaco y de pelo liso, que solo tomaba Kolcana, ponía la música. Leo Cruz advertía “es mejor no ir tan seguido al local del Quiebra en La Pola, pues la vecindad es muy tenaz”.

En 1982, Álvaro y su socio abrieron una nueva sede en la carrera quinta entre calles 17 y 18. Este nuevo sitio se convirtió en un lugar de ideas y tertulia.

“Era frecuentado por profesores universitarios, militantes de izquierda, poetas, escritores, teatreros, cineastas, estrellas y directores de televisión como ‘el flaco’ Solórzano y Dago García. Asistían artistas plásticos y, por supuesto, músicos. De allí salieron varios grupos, dentro de los cuales el más conocido fue La 33 y su Pantera Mambo”, recuerda Pedro.

Epicentro cultural

En los siguientes 5 años el sitio tuvo un cineclub, se colgaron cuadros de pintores emergentes, escritores lanzaron sus libros, se escuchaban conferencias sobre música y recitales de poesía.

En 1983, los dueños de Quiebra-Canto abrieron una nueva sede en un local ubicado en la séptima entre calles 45 y 46. Era un semisótano, con ambiente underground, oscuro, con poca ventilación, pero excelente sonido.

Allá, los fines de semana, sin falta alguna, “los muchachos” ocupaban las butacas altas enfrente del tornamesa para reír, oír la música, beber Havana Club y de vez en cuando tomar trago de contrabando. Pedro, el flaco de La Pola, era el dueño y amo absoluto del lugar. De tanto ir a la 45, le cogieron el gusto a la música del Caribe y aprendieron a diferenciar los ritmos.

Supieron que el son es un ritmo cubano, como la guajira, música campesina de la que Guillermo Portabales era su figura más popular.

El carretero, de Portabales, era el tema insignia de La Pola. Supieron que en la República Dominicana el ritmo predominante era la charanga y que su cultor más conocido era Jhonny Pacheco. Descubrieron que tenían una idea errada de la salsa, pues para ellos todo lo que sonaba con piano, trompetas, sin importar otros instrumentos, era salsa.

Aprendieron que este ritmo tiene origen en Nueva York, en los 60, y que es un género con influencias del son cubano, el jazz, sonidos caribeños y estadounidenses. Que la mayoría de sus músicos son boricuas y que, casi todos, grabaron con el sello Fania, fundado por Jerry Masucci y Johnny Pacheco en 1963.

Con el pasar del tiempo reconocían Larry Harlow, Willie Colon, Héctor Lavoe, Ray Barreto, Richie Ray y Bobby Cruz, Eddie Palmieri, etc. Pedro le permitió a Chano poner la música en algunas ocasiones, sobre todo los jueves. Le enseñó que había que empezar con los sonidos clásicos de Ñico Saquito, Arcaño, Benny Moré, Bola de Nieve, La Lupe, La Sonora Matancera y su voz más conocida, Celia Cruz.

A Chano le encantaba el bolero Convergencia en la versión de Félix Chapotin y el tema María Cervantes, de Noro Morales, pianista de Puerto Rico. El ritmo iba subiendo hasta llegar a las descargas y los temas duros.

Cuando estaba lleno, empezaban a sonar las estrellas de la Fania, Cortijo y su Combo y las excelentes interpretaciones al xilófono de Joe Cuba y su cantante Cheo Feliciano, Ven a mi casa, del peruano Lucho Macedo. Y, por supuesto, Fruko y sus Tesos, The Latin Brothers y los venezolanos de La Dimensión Latina. Era tan extensa la discografía que se podían armar once mil rumbas sin repetir temas.

El Quiebra tuvo tres sucursales más en Bogotá. Una, en el barrio La Macarena en 1983, el mismo año en que se abrió la 45. Esta sede estaba ubicada en la carrera quinta con calle 29, en un periodo en el que ese sector fue foco de la rumba en el centro, tanto que hubo sedes alternas del Goce Pagano y el Quiebra, además de El Palomar y La Teja Corrida. Los fines de semana, la quinta era un carnaval. Hasta una noche en que, en una pelea, alguien sacó un revólver e hizo tiros al aire. Una bala entró por una de las ventanas de un apartamento de las Torres del Parque y la Alcaldía cerró todos los bares de la quinta. El Quiebra también tuvo sucursales en El Lago, en la 15 con 79, y en Cedritos, en la 144.

En 1984, el grupo le presentó a Pedro a un amigo de ellos que se llamaba Mauricio Moreno, Cacho, quien tenía una colección de vinilos de rock progresivo, jazz experimental, pop y rock pesado. “Cacho trabajaba en Dunkin Donuts y en una de las tantas trasnochadas, nos lo encontramos con Pedro a las 4 de la mañana amasando las donuts. Tal vez los tragos que tenía Pedro en la cabeza o ver a Cacho cansado y untado de harina por todo el cuerpo y con cara de tragedia, lo motivaron a ofrecerle la bodega del Quiebra de la 45 para que montara un negocio y pusiera su música”, recuerda Chano.

En ese pequeño sitio, Cacho metió cinco mesas y 20 sillas, un equipo de sonido casero, su música, cerveza importada, escocés y poca gaseosa. Para que el hombre pudiera empezar, Pedro no le cobró alquiler los tres primeros meses y Chano le prestó el dinero para que comprara el inventario inicial de trago. De ese emprendimiento, que duró un año, Cacho consiguió el capital para abrir Music Factory, Rock en las Rocas y el famoso Gótica, un bar de electrónica que duró 10 años y que se quebró por orden del alcalde Samuel Moreno, cuando decidió cerrar los clubes que trabajaban hasta las 6 de la mañana.

Cacho también fue socio de Alma 85 y de un restaurante en la zona Rosa que se llamaba Anonymus. Chano, Pedro y el Quiebra, en alguna medida, contribuyeron a la rumba en la zona rosa bogotana.

Años de trasnocho, de comer mal o no comer, y de descuadrar el inventario de trago, la salud se empezó a deteriorar. Pedro quiso hacer una pausa y en 1990 viajó a Milán, (Italia), donde se autoexilió por 14 años y el negocio quedó en manos de un administrador.

Los amigos de La Soledad habían asistido por 11 años en forma regular al Quiebra-Canto de La 45, pero el punto de unión del grupo en el bar era Pedro. Una vez se fue, ninguno volvió.

Quedan infinidad de anécdotas, rumbas, excesos, amanecidas, problemas, tristezas y mucha gente conocida y el recuerdo de tantas mujeres. Memo Franco con sus tragos gritaba “nadie se salva de la rumba a cualquiera lo lleva hasta la tumba”, parafraseando un tema de Miguel Matamoros.

Operación retorno

Pedro regresó a Colombia en 2014 y en 2016 retomó las riendas del bar a petición de su hermano. En muy poco tiempo puso al día las cuentas de la 17, pagó proveedores y compró música. Empezaron a poner sonidos electrónicos los miércoles y el sitio volvió a dar las ganancias como en sus mejores años. En una ciudad como Bogotá, donde los bares son moda y no duran abiertos más de 3 años, es significativo que el Quiebra haya logrado seguir vigente a lo largo de 4 décadas.

Cuando Pedro volvió, sus amigos eran unos cuarentones, casados, con hijos, hipotecas y matrículas por pagar y mercados por hacer.

Pedro pasó de ser un hombre libre a ser prisionero de responsabilidades ajenas, por obra y gracia de su nuevo cargo: gerente del Quiebra-Canto. De esos gerentes que son porteros, mensajeros, auxiliares de contabilidad, jefes de inventario, recepcionista, coordinador de mantenimiento y representante legal.

Tal vez no se ha dado cuenta de su actual condición, por la misma razón que él y sus amigos nunca supieron cómo pasaron de Van Halen a Ray Barreto y de tomar cerveza a Old Parr 12 años.

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